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Cualquier otro lugar · Página 34

—¡El dueño de la caravana! —Capuleto se echó a reír—. ¿Así es como me presentas, tunante? ¿Eso es lo que soy, el dueño de la caravana?

—Ejem —carraspeó Ray, disimulando una sonrisa—. Perdona. Nina, este es Capuleto, funambulista del circo, y gruñón profesional; y Rosa, la pobre mujer que hace que ni él ni yo nos muramos de hambre o tengamos que subsistir únicamente a base de sopas de sobre.

Nina también reprimió una risilla, pero Capuleto siguió riéndose sonoramente. Rosa sonrió, y fue a pasar al baño.

—Ray, hijo —llamó al cabo de un momento—, ¿qué es esto?

—¡Oh! —saltó Nina, rápidamente—. Disculpe; eso es mío. De todas maneras, creo que es hora de que me vaya, Ray.

—¿No quieres quedarte a cenar? —preguntó él.

—No, no —se negó ella, a punto de ruborizarse de nuevo—, gracias. Lo mejor será que me vaya ya, y no me arriesgue a quedarme otra vez sin metro.

—Como veas —suspiró él, y se levantó—. Te acompaño a la estación.

—No hace falta.

Pero él insistió. Rosa les dio una bolsa, para que Nina pudiera meter su ropa mojada; Capuleto, mientras tanto, sacó una cerveza y se sentó en el sofá, y se dedicó con aire distraído a cambiar de sitio las piezas de la partida de Monopoly que ya no iban a terminar.

Cuando salieron, había dejado de llover. Ray quitó la cadena de la cancela, y la abrió con aire de chambelán de palacio, apartándose para que Nina pudiera pasar.

—Así es como se hace, señorita —se burló de ella—. Para eso se inventaron las puertas.

—Oh, deja ya de reírte de mí —protestó Nina.

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