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El Fuerte Oscuro de Kil-Kyron · Capítulo 66

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El ejército de Aguascristalinas había, en efecto, salido de esta ciudad hacía ya varias horas. Como Ícaro Xerxes había visto, había abandonado la ciudad marchando ordenadamente por el camino que llevaba a Kil-Kanan; y después, como solo habían visto los guardias, había cogido un desvío y se había dirigido hacia la vecina ciudad de Valleamor, que estaba muy cerca.

Arole Sanvinto y Marinina encabezaban esta comitiva, junto con el muy benévolo y experimentado líder de los servicios sociales de Aguascristalinas, Canca Veritas. Este último, así como Maricrís y varios de los entusiastas miembros de la recién constituida milicia antioscuridad de Aguascristalinas, no las tenían todas consigo.

—Entonces, ¿por qué exactamente tenemos que pasar por Valleamor? —volvió a preguntar Canca Veritas, que no había asistido a la reunión de líderes benignos que se había celebrado en las Bellas Planicies, y que por tanto no había presenciado el gran revuelo que se había montado allí—. No está de camino a Kil-Kanan.

—Solo es para asegurarnos de que todo va bien, querido Canca —repitió Sanvinto, muy fastidiado. No había desfruncido el ceño desde la pelea que había tenido con Barbacristal delante de todo el mundo, días atrás.

—¿Asegurarnos de que qué va bien? —siguió escamado Veritas, oteando la distancia—. Mirad, mirad; el ejército de Valleamor ya ha salido también, y viene hacia aquí.

—Asegurarnos de que todo va bien con el ejército de Valleamor —bufó Sanvinto—. Todo el mundo sabe que mi querido colega, el Sumo Sacerdote de Valleamor, es muy dado a las… ideas originales. No querríamos que sus sin duda bienintencionadas pero seguramente nada acertadas ideas originales arruinaran nuestro cuidado plan, ¿verdad?

—¿Vamos a escoltar al ejército de Valleamor para asegurarnos de que no hacen nada raro? —lo comprendió al fin Veritas, muy extrañado.

Sanvinto le aseguró enseguida que no se trataba de eso, e intentó a continuación tranquilizarlo afirmando que tenía plena confianza en la bondad y juicio de los líderes de Valleamor, pero Veritas no dejó de mirarlo con una expresión un tanto insegura. Marinina, mientras tanto, subida en el tándem que seguía conduciendo Aragad, radiaba luz y esperanza en todas las direcciones, como corresponde a una buena cabecilla honoraria de los servicios sociales; pero, en realidad, escuchaba la conversación recordando los acontecimientos de las Bellas Planicies, y se sentía cada vez más angustiada contemplando cómo la también recién constituida milicia de Valleamor se acercaba a ellos cada vez más.

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