Godorik, el magnífico · Página 204

—A todo esto, ¿qué hora es? —preguntó, alarmado.

—¿Eh? —se sorprendió Normas—. Pues serán las… ¿ocho? ¿Las nueve?

—No tengo tiempo para esto —exclamó Godorik—. Tengo que largarme de aquí cuanto antes.

—Entonces, ¿renuncias a convertirte en jefe? —dijo Normas, frotándose las manos.

—No, ni loco —estalló Godorik—. ¿Para que sigáis disparando a inocentes y tirando a gente por el Hoyo? ¿Cómo has dicho que te llamabas?

—Normas.

—Normas. Pues si las reglas dicen que ahora yo soy el jefe de la banda, yo soy ahora el jefe de la banda, y lo primero que quiero que hagáis es… dejar la violencia.

—Tú estás mal de la cabeza.

—Como ella ha dicho, soy un justiciero enmascarado —gruñó Godorik, señalando a Edri—, y las cosas en esta ciudad van a empezar a cambiar. Quiero que dejéis de asesinar a gente, de empezar peleas callejeras, y de poner en peligro a todo el mundo en este nivel.

—No tienes ni idea de cómo funcionan las cosas aquí —protestó Normas, inflándose—. Todo eso no es posible.

—¿Por qué no?

—¡Porque eso es exactamente lo que las bandas hacen! Decirnos que paremos es lo mismo que decirnos que disolvamos la banda, y ya te he dicho que no vamos a hacer eso.

—En realidad… —protestó alguien entre el público.

—Pensaba que lo que las bandas hacían, según tú mismo me has dicho hace nada, era dedicarse al contrabando —replicó Godorik.

—Bueno, sí, pero…

—¿Pero?

—Pero uno no puede dedicarse al contrabando siendo un pacifista, imbécil. Primero, hay que extorsionar a gente, y segundo, las otras bandas nos comerían si lo intentásemos.

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