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Viaje a Campanillas

El señor Gómez llevaba una vida aburrida y monótona. Conducía el autobús de la línea universitaria de un pueblo de las afueras de la ciudad, que cada día a las siete de la mañana venía lleno de jovencitos que iban a la universidad para seguir encaminando sus también aburridas y monótonas vidas.

Como la universidad también estaba en las afueras, pero en unas afueras distintas, el autobús iba todas las mañanas por la autovía. Un día, como la salida que la ruta cogía todos los días estaba cerrada, el señor Gómez tuvo que avanzar un poco más por la autovía, planeando tomar la salida siguiente y después dar la vuelta.

En el proceso, el autobús se acercó a la salida de Campanillas.

– ¡A Campanillas! -gritó alguien de repente.

– ¡A Campanillas! -repitió otro pasajero.

– ¡A Campanillas! -bramó el autobús- ¡A Campanillas!

En un momento de confusión, el señor Gómez tomó la salida de Campanillas. El autobús rodó plácidamente cuesta abajo mientras los pasajeros se regocijaban, celebrando su pronta excursión a Campanillas. Ante tanta alegría, el señor Gómez no se atrevió a dar la vuelta. De hecho… quizás no era tan mala idea ir a Campanillas, después de todo.

El autobús llegó a la plaza de Campanillas. El señor Gómez abrió la puerta, y los jóvenes universitarios salieron en tropel, coreando y celebrando como un grupo de preescolares. El señor Gómez aparcó el bus y se bajó también.

– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó. Pero no hacía falta; la febril turba de universitarios se dirigió al parque de Campanillas como un hombre solo. Después, compraron chucherías, hicieron turismo por el pueblo y se bañaron en la fuente de la plaza del ayuntamiento.

Cuando se acercaban las tres de la tarde, el señor Gómez miró su reloj.

– Tenemos que volver -anunció- . Pronto el autobús tendrá que hacer su ruta de vuelta.

Los universitarios suspiraron, tristes y a la vez secretamente felices, y se dirigieron de nuevo al autobús, montándose en ordenada procesión. El señor Gómez se subió el último, cerró la puerta y se sentó al volante.

– ¿Lleváis los cinturones? -preguntó.

Los universitarios gritaron “¡síiiii!”, todos al unísono. El señor Gómez sabía que no era verdad, pero arrancó de todas maneras; y el autobús salió de Campanillas después de su extraña excursión, en marcha de nuevo hacia la vida real.

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