El Fuerte Oscuro de Kil-Kyron · Capítulo 76

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La cabeza cercenada de Kronne cayó de su cuerpo y rodó sobre la hierba. Cirr, alarmado, miró hacia atrás; y el uniburón aprovechó ese momento de distracción para golpear la llave inglesa con su largo cuerno, y arrancarla de sus manos.

—¡No! —gritó Cirr, cubriéndose con las manos. Pero el uniburón, en lugar de seguir atacando, miró desconcertado a su alrededor, y tras un momento se alejó unos pasos y comenzó a pastar pacíficamente los restos de hienas que los osos gigantes habían matado y descuartizado y desperdigado por el césped.

Aunque la ilusión de Kronne se había deshecho ahora que este había muerto, no todas las bestias reaccionaron tan convenientemente como el uniburón. Los caimanes seguían abriendo y cerrando sus grandes bocas dentadas, tratando de amenazar a sus posibles presas; pero no consiguieron impresionar a Vlendgeron, que, cansado de tanto retraso, dio una patada al que tenía más cerca. Este pobre caimán dio un par de botes hacia atrás, y entonces los demás, cautelosos, retrocedieron un poco y terminaron por darse la vuelta y desaparecer entre los arbustos.

Los conejorreptiloides, por su parte, no dejaron que el fin del hechizo los afectara, y siguieron agitando la horca que habían capturado (y con ella, a Adda) en el aire. Por suerte, Cori ya casi había conseguido noquear a uno de ellos a base de azadonazos; un momento después, el primero de los conejorreptiloides cayó al suelo, y el segundo, incapaz de sostener una horca y a una limpiadora por sí solo, las dejó caer. Adda aterrizó sobre su trasero con un sonoro quejido, mientras el segundo conejorreptiloide trataba de darse la vuelta y huir; pero Cori lo dejó fuera de combate de un golpe en la cabeza antes de que pudiera largarse.

—Ayyyyy —se lamentó Adda, frotándose el trasero.

—¿Estás bien? —le preguntó Cori, ayudándola a levantarse.

Adda aseguró que estaba perfectamente. Entonces, el Gran Emperador, que estaba en los límites de su paciencia, les hizo a todos un gesto para que volvieran hacia los establos.

—Vamos, a los osos —gruñó—. Si lo que ha dicho este indeseable era verdad, tenemos que llegar a Valleamor cuanto antes… Aunque creo que ya solo gracias a una maligna casualidad conseguiremos evitar un desastre.

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