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Una bala para el príncipe · Capítulo XXII

Capítulo XXII

Navaseca amaneció durante un par de días tan conmocionada como se había acostado la noche del falso pero verdadero atentado, y tuvo que pasar casi una semana antes de que los acontecimientos dejasen de ser la comidilla de toda la ciudad. Como allí nunca pasaba nada, el desalojo del palacio de congresos y sobre todo el intento de asesinato del príncipe heredero excitaron a toda la localidad, y sacaron a flote el hambre de novedades y cotilleos de sus habitantes, mucho más de lo que lo habían hecho anteriormente la llegada de los príncipes y el inicio de las conferencias.

En medio de esa agitación febril recibió Navaseca las noticias de la traición del conde Federico Nor, una celebridad local no precisamente muy querida. Aunque el juicio aún tardaría en celebrarse, nadie dudaba de que el conde sería desposeído de sus tierras y probablemente también de su título; y la historia del humilde botones que había salvado al príncipe, y que, por extrañezas del destino, era al parecer el hijo ilegítimo del conde, daba mucho que hablar hasta a los menos avispados.

—… y no me cabe ninguna duda de que el título que le van a quitar a ese desalmado se lo van a dar a su hijo —podía escucharse fácilmente por las calles de la ciudad—, y desde luego sería un acto merecido. El mismo príncipe lo insinuó el otro día, en ese anuncio que hizo tras el atentado…

—Sin duda sería un merecido cambio de manos…

—¿Qué cambio de manos? Tampoco es que el conde tenga otros herederos…

—¿Y escuchásteis lo de los estudiantes?

—¿Estudiantes?

—Parece ser que fueron unos estudiantes los que dieron ese falso aviso de bomba, y que estaban compinchados con el conde… hay varios detenidos, uno que se llama Salazar…

—Pero creo que dicen que era todo una broma.

—¡Menuda broma! Intentar asesinar al príncipe heredero…

—No, eso no, sino que ellos creían que era una broma…

—Sigue siendo de muy mal gusto… los estudiantes de hoy en día…

—¿Y lo que dicen los diarios? Lo del príncipe y esa jovencita…

—¿Qué, el príncipe Carlos? Eso es normal.

—No, el príncipe Eduardo…

—¿… El príncipe Eduardo?

—Sí, con una jovencita de Navaseca… una señorita Calet… se van a casar seguro, lo he leído en la Opinión

—¡Qué me dices! Entonces, la próxima reina, de Navaseca…

—Bah, yo creo que eso son habladurías…

—No, no, fíjate que lo decía el periódico…

—Entonces lo mismo hasta trasladan la corte a Navaseca.

—¡Qué tontería!

Y así una y otra vez en cada esquina y en cada salón de la ciudad. El ambiente general, pese a los terribles sucesos que habían estado a punto de tener lugar, era alegre y animado, casi como si se hubiese declarado una fiesta nacional, y no había mucha gente que se mantuviese ajena a ello, y menos aún que no se hubiese enterado o no se interesase por el tema.

Entre los que se habían enterado, y sin embargo no participaban del jolgorio general, se encontraba Juan Quiroga. No era un hombre que se dejase llevar fácilmente por la opinión o el humor de aquellos a su alrededor; y, aunque cada mañana leía los periódicos y se mantenía informado, su cabeza estaba en otra cosa. Y esa otra cosa era Elina Goder.

La sugerencia al aire que había hecho Sofía Bronvich, la de que si tanta pena le daba podía casarse con ella, y que esta no había tomado en serio ni por un instante, no dejaba de rondarle la cabeza; no le parecía un absurdo. Únicamente por lástima, por supuesto, no era probable que ni siquiera alguien tan amigable como Juan Quiroga se hubiese planteado esa opción; pero ni la lástima ni la conveniencia eran los únicos factores implicados. Quiroga terminó por confesarse a sí mismo que Goder le parecía una joven no solo muy hermosa, sino también muy simpática. Y así, tras reflexionar menos de lo que habría creído necesario (y más de lo que creía conveniente, puesto que temía que Elina hubiese abandonado ya la ciudad), se decidió a ir a visitarla en la pensión donde se hospedaba.

Elina Goder, que por motivos prácticos había demorado un poco su marcha pero que no pensaba retrasarla mucho más, se sorprendió mucho con la visita de Quiroga; y se sorprendió muchísimo más cuando supo que este venía efectivamente a proponerle matrimonio.

—Sé que mi petición es repentina, y que parece hasta ridícula —se excusó Quiroga—. Pero le ruego que comprenda que no solo me duele la injusticia que se ha cometido contra usted, sino que creo que puedo llegar a amarla sinceramente… si usted me lo permite.

Elina no contestó nada durante un buen rato, turbada y confundida.

—La he ofendido —concluyó Quiroga, mortificado—. Lo lamento mucho, pues, aunque mi proposición es poco ortodoxa, no era eso en absoluto mi intención; pero entiendo perfectamente que no quiera casarse con alguien como yo. Por favor, olvide todo lo que le he dicho, y no deje que… y haga, si así lo desea, como que esta conversación nunca ha ocurrido.

Como Elina seguía sin decir nada, Quiroga, con expresión de cordero angustiado, hizo una reverencia y se dirigió hacia la puerta.

—Espere —consiguió articular por fin ella.

Quiroga se dio la vuelta, sorprendido.

—¿Sí? —preguntó.

—Es usted un buen hombre —constató Elina, con asombro—. Creo que es usted el mejor hombre que he conocido.

—No me conoce usted demasiado —se extrañó Quiroga.

—Pero me casaré con usted —respondió a eso ella.

Ahora fue Quiroga el que se quedó sin habla.

—¿En serio? —dijo.

Elina asintió.

—Ya le dije hace tiempo que me parecía un hombre muy agradable —contestó—. Me encuentro en una triste situación, ya lo sabe usted, puesto que ya dos hombres a los que creía que amaba me han decepcionado… Señor Quiroga, usted es un hombre bueno, y se merece algo mejor que yo; pero, si quiere casarse conmigo, no le diré que no.

Y aún así le costó bastante convencer al pasmado Quiroga de que lo decía en serio.

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