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tintomaquia

Cualquier otro lugar · Página 85

La fiesta fue en el mismo palacete del señor Patenaude donde meses antes había llevado a Ray. En cuanto llegó, los señores Mercier, que habían temido que al final no apareciese, la condujeron, ávidos, hasta donde estaban los Guillory.

—Nina, estos son el señor y la señora Guillory —se los presentaron—, y su hijo mayor, el señor Gérard Guillory.

Nina murmuró por lo bajo lo encantada que estaba de conocerlos. Los señores Guillory, que al parecer ya la consideraban su futura nuera, la recibieron calurosamente y parecieron encantados con ella, a pesar de su cara de desgana y sus modales un tanto deficientes.

Gérard Guillory resultó ser un hombre de cara redonda y roja, con el ceño casi permanentemente fruncido. Llevaba un esmóquin muy elegante, que sin embargo no le favorecía mucho.

—Encantada de conocerla, señorita Mercier —fue lo primero que dijo, sin cambiar de expresión. Nina, que ya iba predispuesta a que no le gustase, lo encontró francamente desagradable.

—Lo mismo digo, señor Guillory —contestó, igualmente enojada.

—Estábamos ansiosos por conocerla, señorita Mercier —parloteó la señora Guillory, que era una mujer muy habladora y con una cara muy alegre—. ¡Nos han hablado tanto de usted! Gérard está entusiasmado de encontrarse por fin en su compañía, se lo digo yo.

—Por supuesto, así es —dijo a eso Gérard Guillory, con el mismo tono que si le estuviesen hablando de la guerra de Crimea.

—Señores Mercier, tienen ustedes una hija encantadora —sentenció entonces la señora Guillory.

—Nina ha estado muy ocupada con sus exámenes finales últimamente —pareció que la disculpaba la señora Mercier—, y está aún con la cabeza en la universidad.

Godorik, el magnífico · Página 208

El buen doctor Agarandino se llevó las manos a la cabeza cuando vio aparecer a su maltrecho protegido.

—¿Qué te ha pasado? —exclamó—. ¿Has resbalado debajo de una apisonadora?

Godorik les explicó a él y a Manni que se había peleado con una banda, y después tuvo que explicarles inmediatamente también las causas por las que se había peleado con una banda, porque ni Manni ni Agarandino llegaban a comprender cómo una visita a un vicecomisario en el nivel 13 podía acabar en una pelea con una pandilla del nivel 25.

—Pero entonces, ¿ahora eres tú el jefe de esa banda? —se sorprendió el doctor, mientras Manni lo ayudaba a sacar un montón de cacharros del armario y Godorik se tumbaba en el sofá, agotado—. ¡Vaya cosa! Diles que se disuelvan cuanto antes.

—No habría pensado que fuese usted de esa opinión —contestó Godorik, cerrando los ojos; en sus anteriores encontronazos con las problemáticas de Betonia, Agarandino siempre se había mostrado más bien del lado menos legal—. En cualquier caso, eso ya lo he intentado. Obviamente, me han dicho que no.

—Me imagino; son una pandilla, no un imperio absolutista —replicó a eso el doctor, ignorando que diez segundos antes había sugerido lo contrario—. Entonces, ¿qué vas a hacer?

—No lo sé. Pero ahora mismo tengo problemas más urgentes. Doctor, ¿cree usted que puede arreglarme?

—¡Que si lo creo! —se ofuscó Agarandino—. Claro que puedo arreglarte. Bueno… probablemente puedo arreglarte. Aunque ese bollo en el torso tiene mala pinta. Quizás necesites piezas de repuesto.

—Pero puede usted colocarme esas piezas de repuesto, ¿verdad?

Cualquier otro lugar · Página 84

9. Gérard Guillory

 

Llegó el verano. Nina terminó sus exámenes y se graduó con honores. Aún no había sabido nada de Ray; había ido a ver a Tony Altoviti, con la esperanza de encontrarlo allí, pero había sido en vano.

—No, ya no trabaja aquí —le había dicho Altoviti—. Dijo que había tenido problemas, y que estaba pensando en marcharse de la ciudad.

—¿No sabe dónde fue? —inquirió Nina—, ¿o dónde puedo encontrarle?

—Lo siento, no sé nada más —Altoviti se encogió de hombros—. ¿Qué pasa con ustedes dos? Hacían una pareja muy mona. ¿Puedo ayudarles de alguna manera?

Nina le dejó su teléfono.

—Si sabe algo de Ray, ¿podría llamarme? —pidió.

Altoviti accedió de buen grado; pero no debió saber nada de Ray en los tiempos que siguieron, puesto que Nina nunca llegó a recibir una llamada suya.

Por otra parte, ahora que había terminado la carrera, sus padres volvieron a la carga. Ansiosos por presentarle a Gérard Guillory, insistieron e insistieron; y Nina, aunque al principio se negó firmemente, y tuvo más de un altercado con ellos por ese motivo, finalmente cedió a la presión. Hasta el último minuto estuvo dudando si ir o no a la fiesta en la que los señores Mercier pretendían presentarle a su supuesto prometido; pero el deseo de no dejarles en ridículo al no aparecer, sabiendo que ya lo habían organizado todo junto con la otra familia, la convenció al fin.

Godorik, el magnífico · Página 207

—¡Pero Godorik! —protestó lastimeramente Edri—. Nosotros…

—No soy vuestro guardaespaldas, ¿entendido? Y mucho menos cuando estáis haciendo algo que vaya contra la ley.

—Pero… pero… —protestó la chica, haciendo un puchero—. Tú también haces cosas que van contra la ley.

—Sí, y no es por gusto —gruñó Godorik—. Buscaos algún negocio honrado y que no os ponga en peligro muy a menudo, y a mí dejadme en paz.

Ran farfulló algo incomprensible.

—En realidad solo estás preocupado por nuestra seguridad, ¿eh? —creyó entender de repente Edri, y esbozó una sonrisa pícara—. Si ya sabía yo que eras un justiciero, y los justicieros siempre tienen buen corazón aunque hagan como que no…

Atónito ante la capacidad de Edri de entender lo que le daba la gana, Godorik emitió un sonoro suspiro.

—Lo que sea. Si esto vuelve a pasar, me comportaré como un justiciero de verdad, y os llevaré ante la justicia. ¿Entendido?

—Claro, claro —aseguró rápidamente Edri.

—Entendido, jefe —masculló entre dientes Ran.

Godorik los soltó.

—Pues nada. Adiós.

Edri, sonriente, le dijo adiós con la mano mientras saltaba por el Hoyo, a la vez que Ran lo seguía con la vista con expresión de perro apaleado.

Cualquier otro lugar · Página 83

Debió de quedarse dormida, porque se despertó horas más tarde, cuando ya había anochecido y la casa estaba oscura y silenciosa. Su marido no había llegado, pero eso no la preocupó. No había nada que le importase en aquel momento menos que el lugar en el que podía estar Gérard Guillory, o lo que podría estar haciendo.

Se levantó de la cama y vagó por la casa. En la oscuridad le pareció una casa extraña; no la reconocía como suya. Intentó llegar a las habitaciones de sus hijos, pero no las encontró; los pasillos estaban torcidos y deformes, y llevaban a lugares a los que no deberían llevar. Angustiada, continuó recorriendo los corredores, arrastrando los pies por la moqueta; hasta que, finalmente, al fondo del pasillo del segundo piso, encontró una habitación, lujosamente decorada, que tenía un gran ventanal, abierto, que daba hacia una de las torrecillas que decoraban el palacete…

Avanzó hacia la ventana, y sin mirar hacia abajo, se lanzó al vacío ―――――

 

Nina se despertó, sobresaltada. Miró a su alrededor con desconcierto; se encontraba en su cama, en su apartamento, el mismo apartamento que Ray había dejado precipitadamente unos meses antes.

Resoplando ruidosamente, se dio la vuelta en la cama, mientras los fragmentos de lo que había soñado comenzaban a disolverse en su mente. Pero una cosa se quedó: la idea de que había sido muy desagradable.

Alzó una mano y contempló confundida su propia palma durante un buen rato, sin saber muy bien qué hacía.

—Gérard Guillory, ¿eh? —gruñó al fin—. Gérard Guillory… no me atraparás por segunda vez.

Godorik, el magnífico · Página 206

—Eso ha estado genial —le dijo Edri, entusiasmada, mientras bajaban al sótano—. ¡Zam! ¡Pum! ¡Pof! ¡Todo el mundo al suelo, y Godorik el justiciero es ahora el líder de los Beligerantes!

Y se echó a reír. Godorik la fulminó con la mirada.

—Con vosotros quería yo hablar —farfulló, mientras cruzaban el sótano y volvían al pasillo de la entrada.

—Con ella, será —carraspeó Ran—. Todo esto no ha sido idea mía.

—Lo de entrar en el almacén sí que fue idea tuya —se quejó Edri—. Escucha, Godorik, no queríamos ponerte en peligro, pero…

Godorik le chistó para que se callara un momento. Habían llegado ya a la puerta de la entrada, que, por supuesto, estaba cerrada a cal y canto.

—Ah, qué le vamos a hacer —suspiró Godorik, después de intentar abrirla por un momento; y de una patada hundió la puerta metálica y la desencajó de sus goznes. Esta cayó al suelo con gran estruendo—. Vámonos de aquí, rápido.

—Ven, síguenos —le dijo Edri—. Será mejor que nos alejemos de la Tubería cuanto antes.

Torcieron por una calleja y se quitaron de la vista de los pocos pandilleros que todavía deambulaban por allí. Godorik siguió a Edri y Ran, que conocían el camino, a través de un laberinto de callejones y pequeñas plazas de aspecto turbio, hasta que salieron a una avenida más concurrida.

—¿Dónde estamos?

—Mucho más cerca del Hoyo; desde aquí puedes volver a… a donde sea que vives.

Godorik miró a su alrededor con desconfianza, y después cogió a Edri y a Ran cada uno de un hombro.

—Escuchadme bien, vosotros dos. No me gusta nada que hayáis entrado en un sitio a robar, aunque sea a una pandilla; que os hayáis puesto en peligro; y que después hayáis pensado que podéis arreglarlo todo llamándome a mí, para que yo me lleve por delante a quien sea. Me parece una absoluta desfachatez, y si esto vuelve a pasar, me encargaré de que tengáis no solo una charla conmigo, sino también con la policía.

Cualquier otro lugar · Página 82

—Bueno, de Viena nos fuimos a Praga, y de ahí a Ginebra —narró él—, y ahí es donde estamos ahora, hasta próximo aviso. Pero hemos venido a París una semana; mi mujer es pintora, y ha conseguido que la inviten a exponer en una galería de las afueras. La pobre está ahora allí, más aburrida que una ostra, sentada en una silla en una galería larguísima y esperando a que alguien se interese por sus cuadros. No quiero decir con eso que sus cuadros no sean buenos, por supuesto, pero ya sabes cómo funciona el mundillo del arte… —soltó una risita—. En fin, y yo me he ido con los niños a dar un paseo; a enseñarles un poco de París.

—Eso… suena muy bien —afirmó Nina.

—Por supuesto que sí —dijo Ray—. Nina, estoy aquí hasta el miércoles; si te apetece, y si puedes, claro, podríamos quedar para cenar una noche, y así te presento a mi mujer, y puedo fardar ante ella de que conozco a una filóloga francesa, y de la alta sociedad de París.

Nina tuvo que contener las ganas de reír.

—Claro que podríamos —asintió—. Claro que podríamos.

—Estupendo —celebró Ray, y empezó a rebuscar entre sus bolsillos, hasta que encontró un papel y un bolígrafo. Apuntó un número, y se lo entregó a Nina—. Este es el número de la pensión donde estamos alojados; llámame, ¿de acuerdo? —pidió, con una sonrisa—. Lo siento mucho, pero tengo que irme; empieza a hacerse tarde, y, como no aparezcamos por la galería pronto con un bocadillo o algo por el estilo, mi pobre mujer no va a cenar hoy.

—Claro —comprendió Nina, y se despidieron cordialmente. Mientras los veía alejarse, contempló el papel en el que le acababa de escribir el número; era una tarjeta. Dándole la vuelta, leyó escrito al dorso Esther Sala, Pintora & Escultora.

Sintiendo un nudo en el estómago, arrugó la tarjeta, y la arrojó a la próxima papelera. Volvió a su casa caminando aún más lentamente que antes; una vez allí, se encerró en su cuarto, y se tiró sobre la cama.

Godorik, el magnífico · Página 205

—No digo que no os defendáis si os atacan; solo que no ataquéis vosotros a inocentes. ¿Es que es eso tan difícil?

—Más de lo que te imaginas.

—Seguro que se puede intentar —vociferó el mismo que había hablado antes.

Normas chasqueó los lengua y apartó la vista, exasperado. Godorik señaló hacia el público.

—¿Ves? Alguien opina lo mismo que yo.

—Porque, a decir verdad, algunas de las cosas que hacemos son un poco cuestionables —siguió a la carga el tipo, que era el mismo del pelo rojo fosforito que le había ayudado a vencer a Coroles—. Quizás es hora de que nos replanteemos las cosas.

—¿Ves?, ¿ves? —insistió Godorik, mientras Normas intentaba gruñir algo en respuesta—. Este joven tiene razón, y seguro que no es el único que piensa así.

—Sí, sí que lo es —replicó algún otro, perdido entre la multitud.

—No, yo también estoy de acuerdo —contestó alguien más, y de repente todo el mundo empezó a murmurar y a hablar a la vez.

Normas dirigió a Godorik una mirada acusadora. Godorik, al que lo avanzado de la hora y las abolladuras en sus partes metálicas comenzaban a poner nervioso, vio su oportunidad.

—Bien, os dejo que lo discutáis entre vosotros —alzó la voz—. Volveré dentro de poco para ver qué habéis decidido.

—Pero… —protestó Normas.

—Y tú, resúmeme como puedas cómo funciona esta organización, ¿de acuerdo? —lo cortó Godorik—. Lo escribes en un papel, y me lo pasas cuando nos volvamos a ver. Hasta luego.

Normas le gritó algo en respuesta, pero Godorik ya le había dado la espalda. Agarró a Ran y a Edri cada uno de un brazo, y arrastrándolos tras sí se abrió paso entre los pandilleros, que empezaban a discutir acaloradamente. Se dirigió a toda prisa hacia las escaleras que habían subido para llegar allí, antes de que a alguien se le ocurriera detenerlo.

Cualquier otro lugar · Página 81

—¡Ray! —repitió Nina, incrédula—. No puedo creerlo. ¿De verdad eres tú?

—¡Nina! —la reconoció él—. Es increíble. ¡Vaya una casualidad!

—Ray, es… —comenzó ella, sin saber muy bien qué decir—. Me alegro mucho de volver a verte.

—Lo mismo digo —correspondió él; parecía de muy buen humor—. ¿Qué hiciste, al final? ¿Qué fue de tu vida?

—Al final, me casé con Gérard Guillory —dijo ella, y sin saber por qué, tuvo que reprimir un suspiro—, y tengo tres hijos maravillosos, y una buena vida.

—No sabes cómo me alegra oír eso —dijo él—. ¡Cualquiera diría que ha pasado tanto tiempo! Sigues igual que siempre; no has cambiado nada.

—¿Y tú? —preguntó ella, ignorando el cumplido, que, por otra parte, sabía que no era certero—. ¿Qué hiciste? Nunca supe nada de ti, después de que te fueras.

—Oh… Bueno, fue todo un poco raro. Dejé al pobre Altoviti, ¿recuerdas?, y también París. Me fui a Viena y acabé de profesor de danza; ¿puedes creerlo? —soltó una carcajada—. Después conocí a una chica estupenda, que consiguió cazarme por fin… y aquí estoy. Estos son mis hijos, Ida y Martin. Niños, esta es la tía Nina; saludad a la tía Nina.

—Hola, tía Nina —saludó el pequeño Martin.

—¿Quién demonios es la tía Nina? —quiso saber la niña, un instante después.

—Eh, ese lenguaje —la regañó Ray—. La tía Nina es una muy buena amiga de vuestro padre, de cuando era más joven.

—Estoy… me alegro —titubeó Nina—. Hola, Ida; hola, Martin. —y después de eso volvió de nuevo la mirada hacia Ray, ignorando a los niños como si no existieran—. Y ¿qué haces ahora? ¿Cómo es que estás en París?